Pensemos en una llama.
A simple vista parece algo estable. Tiene una forma reconocible, ocupa un lugar y puede mantenerse durante horas. Pero nada de la materia que vemos permanece allí. El combustible se consume, nuevos gases atraviesan continuamente la llama y el calor se dispersa hacia el entorno.
La llama continúa, aunque aquello que la constituye esté cambiando.
Algo parecido ocurre con nosotros.
Respiramos aire que hace unos segundos estaba fuera de nuestro cuerpo. Incorporamos alimentos, renovamos tejidos, formamos recuerdos, olvidamos otros, aprendemos y modificamos continuamente nuestra relación con aquello que nos rodea. Nunca somos exactamente los mismos y, sin embargo, conservamos una continuidad.
Entonces aparece una pregunta sencilla, pero difícil de responder:
¿Qué es exactamente lo que dura?
Es difícil defender que vivir consiste en permanecer iguales. Más bien, pareciera consistir en ser capaces de transformarnos continuamente sin perder cierta coherencia.
Desde ahí podemos aproximarnos de otra manera a una palabra cotidiana: habitar.
Habitualmente pensamos que habitar significa ocupar una casa, una ciudad o un territorio. Pero podemos ampliar la idea. Habitar sería también la manera en que una forma establece relaciones con aquello que la rodea: incorpora algunas cosas, rechaza otras, transforma su entorno y produce condiciones que le permiten continuar.
Una planta transforma luz, agua, minerales y aire en hojas, raíces, flores y semillas. Un animal convierte alimento, experiencias y relaciones en cuerpo, memoria y conducta. También nosotros hacemos continuamente algo parecido.
No vivimos simplemente dentro de un mundo.
Participamos en su transformación y, al hacerlo, también nos transformamos.
Podríamos decir que habitar es transformar lo que hay en un haber: en algo que puede ser incorporado a una historia, relacionado con otras cosas, recordado, utilizado, sentido o convertido en condición para seguir siendo.
Ese haber tampoco es permanente. Debe producirse una y otra vez.
Por eso, si hablamos de durar, esto no significa quedar inmóvil.
Durar es conservar una coherencia mientras se cambia.
La Teoría del Habitar comienza explorando esta intuición: cómo algo llega a durar, cómo una trama de relaciones consigue sostener una forma y cómo, dentro de ese proceso, aparecen cuerpos, experiencias y mundos.
Este espacio irá siguiendo esas preguntas poco a poco.
A través de imágenes, visualizaciones, notas, ensayos y cuadernos.
Porque quizás antes de preguntarnos qué somos, convenga formular una pregunta más elemental:
¿Cómo conseguimos seguir siendo?


