Pensamos en conocer como algo que ocurre cuando miramos, recordamos, nombramos o explicamos el mundo. Pero mucho antes de que aparezcan palabras, conceptos o incluso un sistema nervioso, una forma de vida ya está haciendo algo decisivo: sostenerse, distinguir diferencias, responder a ellas y continuar.
Una semilla bajo la lluvia, una bacteria que se orienta en un gradiente químico o un cuerpo que aprende a reconocer una voz no parten de un mundo neutral que simplemente copian. Cada uno abre y conserva un campo de relaciones desde su propia historia.
Esa intuición vuelve especialmente fértil la conversación con Humberto Maturana. Si conocer pertenece al vivir, todavía podemos preguntar qué hace posible ese vivir, cómo se constituye un cuerpo capaz de orientarse y cómo ciertas relaciones logran durar. Desde ahí aparece una hipótesis sencilla: quizá, antes del conocer, ya estaba ocurriendo el habitar.
1. Una conversación, no una refutación
Pocas propuestas intelectuales latinoamericanas han transformado de manera tan profunda la comprensión de la vida y del conocimiento como la obra de Humberto Maturana y Francisco Varela. Su importancia no reside solamente en haber introducido el concepto de autopoiesis. Su aporte consiste también en haber desplazado la pregunta por el conocimiento desde una mente que representa el mundo hacia el operar concreto de un organismo vivo.
En lugar de imaginar que primero existe una realidad compuesta por objetos terminados y que luego un cerebro construye una imagen interna de ella, Maturana y Varela proponen observar qué ocurre efectivamente en el vivir. Un organismo no recibe instrucciones del entorno ni reproduce dentro de sí una copia de lo exterior. Opera según su propia organización y cambia de acuerdo con las posibilidades inscritas en su estructura.
Esta propuesta inspira directamente el desarrollo de Hacia una ontología del Habitar, cuyo propósito es formular una teoría ontológica centrada en la constitución relacional de la vida, el cuerpo, el mundo y la duración.
La conversación que aquí se propone no busca identificar un error en Maturana(1) para reemplazarlo con otra teoría. Ambas perspectivas comparten una intuición decisiva: no existe un sujeto separado que primero observa y luego entra en relación con un mundo independiente. Organismo, experiencia y entorno se constituyen históricamente en la interacción.
La diferencia, creo, aparece en la extensión de la pregunta.
Maturana busca explicar cómo la organización de lo vivo hace posible un dominio cognitivo. La Teoría del Habitar pregunta, además, cómo una relación alcanza la consistencia suficiente para constituirse como cuerpo, duración, orientación y mundo.
No se trata, por tanto, de elegir entre conocer y habitar. Se trata de comprender en qué sentido el conocer puede ser entendido como una modalidad particular de un proceso ontológico más amplio: antes de conocer, y con esto aprender o adaptarse, una forma de vida ya ha debido constituirse y sostener una manera de habitar.
2. La revolución de Maturana: conocer no es representar
La tradición moderna tendió a imaginar la percepción mediante una separación aparentemente evidente. Fuera del organismo existiría un mundo compuesto por objetos. Dentro del organismo habría sentidos y un cerebro destinados a recibir información sobre esos objetos. Conocer consistiría en construir una representación interna suficientemente fiel a la realidad exterior.
Maturana rompe con este esquema.
Su punto de partida no es una mente que contempla, sino un ser vivo que opera. Cada organismo posee una estructura concreta que delimita las transformaciones que puede experimentar. Una perturbación externa puede desencadenar un cambio, pero no determina qué cambio ocurrirá. La transformación depende de la estructura presente del organismo y de la historia que produjo esa estructura.
Una semilla y una piedra pueden recibir la misma lluvia, pero no experimentan la misma transformación. El agua no contiene una instrucción que ordene a la semilla germinar y a la piedra erosionarse. Cada una cambia según su propia constitución.
Esta es una de las consecuencias del llamado determinismo estructural: todo lo que ocurre en un sistema está permitido por su estructura, aunque pueda ser desencadenado por una interacción exterior.
En El árbol del conocimiento, Maturana y Varela resumen su perspectiva mediante una fórmula célebre:
“Todo hacer es conocer y todo conocer es hacer”.
La frase no significa que todo movimiento sea pensamiento consciente. Significa que el conocimiento no debe buscarse en una representación separada de la acción, sino en la efectividad operacional del viviente: en aquello que hace y en la manera en que su hacer conserva su existencia.
En Autopoiesis and Cognition, Maturana formula esta continuidad de manera todavía más radical: los sistemas vivos son sistemas cognitivos y vivir, como proceso, es un proceso de cognición. La afirmación se aplica incluso a organismos sin sistema nervioso. Para él, un sistema cognitivo es aquel cuya organización define un dominio de interacciones relevantes para su propia conservación.
Una bacteria que se orienta en un gradiente químico no necesita elaborar una representación mental del alimento. Su desplazamiento muestra que determinadas diferencias del medio participan en la conservación de su vivir. En ese dominio, su conducta es cognitiva.
Una planta que modifica el crecimiento de su tallo respecto de la luz tampoco calcula una trayectoria. Su organización corporal hace posible una coordinación efectiva con ciertas diferencias luminosas.
Conocer no comienza necesariamente con conceptos, palabras o imágenes mentales. Comienza, para Maturana, con la efectividad del vivir.
3. Autopoiesis: producirse para continuar siendo
La palabra autopoiesis une dos términos griegos: autos, “sí mismo”, y poiesis, “producción” o “creación”. Designa la organización mediante la cual un sistema vivo produce continuamente los componentes y las relaciones que vuelven a producirlo como unidad.
Una célula ofrece el ejemplo más claro.
Su membrana no es una pared fabricada una vez y conservada intacta. Debe ser reparada y renovada constantemente. Las proteínas que participan en su metabolismo son producidas por procesos celulares que, a su vez, dependen de esas proteínas. Los componentes producen la red y la red produce los componentes.
Maturana y Varela definen la máquina autopoiética como una red de procesos de producción cuyos componentes regeneran la misma red y constituyen la unidad en el espacio donde ella se realiza. La identidad del viviente no reside en conservar las mismas moléculas, sino en conservar la organización que vuelve posible su renovación.
Esto permite entender una paradoja cotidiana. El cuerpo humano cambia continuamente: sustituye células, transforma tejidos, incorpora alimento, elimina residuos y modifica conexiones neuronales. Sin embargo, conserva una continuidad. No permanece porque mantenga intactos sus materiales, sino porque regenera determinadas relaciones.
La autopoiesis explica, por tanto, cómo un viviente puede conservar su identidad atravesando un flujo material continuo.
Desde la Teoría del Habitar, esta idea puede leerse como una descripción fundamental de la duración viviente. Durar no significa quedarse igual. Significa conservar una coherencia relacional mediante transformaciones continuas.
Pensamos que la autopoiesis puede ser integrada en una arquitectura ontológica más amplia: la vida no sólo se autoconstruye, sino que al hacerlo constituye un mundo y transforma lo que hay en un haber sostenido.
La autopoiesis sería, desde esta perspectiva, una forma especialmente intensa y recursiva del habitar.
4. Tres preguntas sobre el distinguir
La Biología del Conocer permite formular con precisión la pregunta:
¿Cómo distingue un organismo?
La respuesta remite a su estructura, a su sistema nervioso cuando lo posee, a su historia de acoplamientos y al dominio de interacciones que puede realizar sin perder su organización.
Sin embargo, esta pregunta puede abrirse en otras dos.
¿Por qué distingue?
Un organismo no se relaciona del mismo modo con todas las diferencias que lo rodean. Algunas participan en su alimentación; otras, en su protección; algunas amenazan su continuidad y muchas no producen ningún efecto relevante en su operar.
Una bacteria puede responder a la concentración de una sustancia química sin responder a una melodía. Una planta puede modular su crecimiento ante la luz sin orientarse por una señal de tránsito. Un ser humano puede ser afectado por una palabra, una fotografía o una promesa, diferencias que no existen como tales en el mundo de una bacteria.
Distinguir no es separar mentalmente dos objetos ya terminados. Es actualizar una diferencia dentro de un régimen de relaciones.
¿Cómo se constituye la capacidad de distinguir?
Esta pregunta nos conduce hacia el cuerpo.
El ojo no apareció como una cámara destinada a registrar un mundo luminoso que ya estaba organizado. Es el resultado de una historia evolutiva en la que determinadas relaciones con la luz fueron adquiriendo forma, sensibilidad y capacidad de orientación.
El oído es una historia material de relaciones con la vibración.
La piel es una historia de contacto, protección, temperatura y presión.
Una raíz es una historia corporal de gravedad, humedad, nutrientes, microorganismos y suelo.
Para la Teoría del Habitar, los sentidos son tecnologías vivas de relación. El término no implica que hayan sido diseñados conscientemente. Significa que constituyen organizaciones corporales capaces de seleccionar, modular y hacer operativas determinadas diferencias.
Por eso, percibir no consiste en recibir datos neutrales. Todo sentido posee umbrales. No vemos toda la radiación electromagnética ni escuchamos todas las vibraciones posibles. Esa limitación no es un defecto accidental: permite organizar una figura, una orientación y un mundo practicable.
No vemos sólo porque existe luz; vemos porque nuestros cuerpos aprendieron históricamente a plegarse con ella.
La operación de distinguir no pertenece, entonces, a un cuerpo completamente constituido. El cuerpo mismo es una historia material de distinciones que consiguieron durar.
5. Qué significa habitar
En el uso cotidiano, habitar suele significar residir en un lugar. Una persona habita una casa; una especie habita un territorio. En la Teoría del Habitar, el concepto adquiere un sentido más fundamental.
Habitar es el proceso mediante el cual una forma de vida compone, sostiene y transforma las relaciones que hacen posible su duración.
No es una actividad posterior a la constitución del organismo. El organismo se constituye habitando.
Una célula habita mediante una membrana que selecciona intercambios.
Una planta habita orientando raíces, hojas y ritmos metabólicos.
Un animal habita mediante su movimiento, sensibilidad, memoria y conducta.
Una comunidad humana habita mediante cuerpos, prácticas, lenguajes, cuidados, técnicas, instituciones y transformaciones territoriales.
El habitar no ocurre dentro de un mundo completamente hecho. Participa en la constitución de aquello que puede aparecer como mundo.
Para explicar esta idea, es preciso distinguir entre lo que hay y el haber.
Lo que hay
Lo que hay nombra la presencia impersonal de lo real antes de que sea organizada como mundo vivido. No es un objeto ni una colección de cosas. Es aquello que acontece, insiste, interactúa y ofrece posibilidades de diferenciación antes de cualquier observador particular.
No pertenece a nadie ni espera ser conocido. Es una condición anterior a todo lo que podemos entender como sujeto, lenguaje o forma, pero capaz de provocar relaciones.
El haber
El haber es una configuración relacional que una forma de vida consigue sostener como mundo. No es un inventario de objetos poseídos ni su propia estructura solamente, sino una trama de orientaciones, diferencias, ritmos y posibilidades que ha alcanzado duración.
Para una bacteria, una determinada concentración química puede constituir haber. Para una abeja, el patrón ultravioleta de una flor forma parte de su haber perceptivo. Para una persona, una calle puede ser simultáneamente trayecto, memoria, peligro, encuentro y pertenencia.
El haber no es inventado libremente por el organismo. Surge cuando una relación entre el viviente y lo que hay consigue estabilizarse, repetirse, adquirir orientación y participar en su continuidad.
El tránsito de lo que hay al haber no consiste en fabricar una realidad desde la nada. Consiste en producir una forma habitable dentro de una realidad que nunca se agota en esa forma.
6. Abundancia interactiva y exceso interactivo
Para comprender por qué la vida necesita distinguir, conviene separar dos conceptos.
Abundancia interactiva
La abundancia interactiva designa la proliferación inabarcable de acontecimientos, procesos, diferencias y relaciones posibles en lo que hay.
En cualquier punto del universo ocurren simultáneamente innumerables transformaciones: movimientos moleculares, intercambios térmicos, radiaciones, reacciones químicas, presiones, vibraciones, encuentros entre organismos y modificaciones del entorno.
Ninguna forma de vida puede relacionarse con toda esa abundancia.
La abundancia interactiva no está dirigida hacia alguien. No contiene un mensaje ni persigue una finalidad. Simplemente expresa que lo real produce más diferencias de las que una organización particular puede incorporar.
Exceso interactivo
El exceso interactivo aparece en relación con una forma de vida determinada.
Es aquella dimensión de la abundancia que desborda el régimen actual mediante el cual esa organización sostiene su duración.
Lo que excede a una bacteria no es lo mismo que excede a un árbol o a una ciudad. El exceso es siempre relativo a una capacidad de habitar.
Una temperatura puede ser habitable para una bacteria termófila y destructiva para una célula humana.
Una lluvia puede sostener un bosque y desorganizar una infraestructura urbana.
Una palabra puede pasar inadvertida para una persona y alterar profundamente la trayectoria afectiva de otra.
El exceso no es simplemente “lo exterior”. Muchas veces surge dentro del organismo: una mutación, una inflamación, una alteración hormonal o una proliferación celular también pueden exceder su régimen de coordinación.
Podemos entender lo que hay como una presión sin dirección y a la vida como una respuesta al desafío del colapso(2). La distinción actual entre abundancia y exceso precisa esa intuición: no toda abundancia presiona del mismo modo a toda organización; algo se vuelve excesivo respecto de una duración concreta.
7. La respuesta creativa
Frente al exceso interactivo, una organización puede desintegrarse, conservarse sin modificaciones relevantes o reorganizarse.
La respuesta creativa nombra este tercer proceso: una reorganización mediante la cual un viviente incorpora, inhibe, desvía o modula una interacción que desbordaba su régimen anterior, abriendo una nueva posibilidad de duración.
La palabra creativa no implica conciencia, intención ni planificación.
Cuando una bacteria modifica su metabolismo frente a la escasez de un nutriente, no imagina una solución. Sin embargo, si la reorganización abre una trayectoria viable que antes no estaba disponible, ha producido una novedad funcional.
Cuando una planta extiende sus raíces hacia una zona húmeda, su forma corporal explora posibilidades del suelo.
Cuando el sistema inmune desarrolla memoria después de encontrar un agente biológico, transforma una interacción pasada en capacidad futura de respuesta.
Cuando una comunidad modifica sus rutinas para enfrentar una alteración ambiental, también produce una respuesta creativa, ahora compuesta por dimensiones corporales, técnicas, sociales y simbólicas.
La respuesta se distingue de la reacción porque no es solamente un efecto puntual. Se inscribe en una organización, modifica sus posibilidades posteriores y puede adquirir memoria.
Con la Teoría del Habitar, nosotros planteamos que la vida es una arquitectura de la respuesta. Una célula responde con límites; una planta, con forma y orientación; un animal, con conducta y memoria; una cultura, con símbolos, instituciones y técnicas. Cada respuesta que logra durar participa en la constitución de un mundo.
Esto aproxima la respuesta creativa a la autopoiesis, pero no las vuelve idénticas.
La autopoiesis explica cómo el organismo regenera la organización que lo constituye.
La respuesta creativa explica cómo esa organización puede reconfigurar sus posibilidades de relación frente a aquello que la excede.
8. El cuerpo no precede al habitar
Suele afirmarse que poseemos un cuerpo con el cual entramos en relación con el mundo. La Teoría del Habitar invierte esa secuencia.
El cuerpo no es primero una entidad terminada que después comienza a habitar. Es la forma actual adquirida por una historia de relaciones que logró sostenerse.
El cuerpo es una duración organizada.
Cada órgano expresa una relación estabilizada.
El pulmón condensa una historia con la atmósfera.
El ojo condensa una historia con la luz.
El oído condensa una historia con la vibración.
El intestino condensa historias de alimentación, metabolismo y simbiosis microbiana.
La mano humana condensa gravedad, manipulación, cooperación, técnica y aprendizaje.
El cuerpo no contiene copias del entorno. Su forma es una inscripción activa de ciertas condiciones del mundo. Un pez no lleva agua dentro de sí como representación; su anatomía, sus sentidos y su movimiento han sido constituidos en una historia inseparable del medio acuático.
Es por eso, que podemos decir que el cuerpo no está simplemente en el mundo: lo condensa. Es una estabilización de trayectorias relacionales y no una sustancia aislada.
La Biología del Conocer muestra que las perturbaciones no especifican las transformaciones del organismo: cada cambio depende de su estructura. La Teoría del Habitar añade que esa estructura es, ella misma, una memoria material de interacciones anteriores.
La estructura no es un punto de partida absoluto. Es duración sedimentada.
9. Organismo y mundo co-emergen
Decir que el organismo constituye su mundo puede ser malinterpretado como si cada ser vivo inventara arbitrariamente una realidad privada.
No es esa la propuesta.
El organismo no crea lo que hay. Tampoco se limita a recibir un mundo terminado. Organismo y mundo vivido co-emergen en la estabilización de relaciones.
La co-emergencia significa que ninguno de los dos polos puede comprenderse completamente por separado.
No existe primero una raíz terminada y después un suelo neutro. La raíz se forma en una historia con gravedad, humedad, minerales, microorganismos y resistencias materiales. Al mismo tiempo, su crecimiento modifica el suelo, redistribuye nutrientes y abre condiciones para otras formas de vida.
No existe primero un ave terminada y después un espacio aéreo indiferente. Alas, huesos, percepción, atmósfera, vegetación y corrientes de aire participan en una historia común.
No existe primero una persona completa y después un lenguaje exterior. La corporalidad humana se desarrolla dentro de coordinaciones afectivas, gestuales y lingüísticas que modifican sus posibilidades de acción, memoria y conciencia.
En la Teoría del Habitar, el campo relacional no precede simplemente al organismo ni es creado únicamente por él. Se actualiza en su habitar y contiene, al mismo tiempo, huellas y condiciones producidas por historias anteriores. Organismo, haber y mundo aparecen como dimensiones inseparables de una misma operación de duración.
Esta idea mantiene una profunda afinidad con el acoplamiento estructural de Maturana, pero la expresa en términos ontológicos: cada viviente es una singularidad que se constituye al sostener un campo de relaciones y, al hacerlo, transforma las condiciones de habitabilidad y generacionalidad para sí y para otros.
10. El objeto como encuentro entre duraciones
¿Qué ocurre entonces con los objetos?
En una lectura apresurada de Maturana podría parecer que un árbol sólo existe cuando un observador lo distingue. Sin embargo, es necesario separar varios planos.
El árbol existe como organismo porque sostiene una organización metabólica, corporal, evolutiva y ecológica. No necesita que una persona lo nombre para realizar esa duración.
Pero el árbol no aparece del mismo modo en todos los mundos.
Para un hongo puede ser una relación simbiótica.
Para un insecto, alimento o refugio.
Para un ave, lugar de anidación.
Para una institución, patrimonio.
Para una empresa, materia prima.
Para una niña, sombra, juego o recuerdo.
Ninguna de estas relaciones agota al árbol. Cada una actualiza determinadas posibilidades de su existencia dentro de otro campo durativo.
El objeto explícito —“árbol”, “recurso”, “especie”, “monumento”— aparece con especial claridad en el lenguaje, donde las distinciones pueden coordinarse, nombrarse y volver a ser distinguidas.
Con la Teoría del Habitar podemos afirmar: Cuando distinguimos un árbol no creamos la singularidad viviente que encontramos; incorporamos una de sus posibilidades a nuestro propio campo de duración.
El conocimiento es así un encuentro entre haberes. No constituye algo desde la nada, pero tampoco recibe una cosa absoluta e independiente de toda relación.
Conocer es reinscribir una duración dentro de otra.
11. Hacer es conocer, pero hacer también es ser
La expresión central de la Biología del Conocer —“todo hacer es conocer”— continúa siendo válida dentro de este marco, siempre que se comprenda el sentido biológico amplio de conocer(3).
Sin embargo, la Teoría del Habitar propone dar otro paso: Todo hacer expresa una manera de ser.
No podemos optar por no interactuar. Respirar, metabolizar, desplazarse, percibir, permanecer inmóvil, resistir o evitar son maneras de participar en relaciones. Incluso aquello que un organismo no distingue conscientemente puede afectar su constitución.
Pero la interacción no ocurre entre entidades completamente terminadas. Cada interacción actualiza, conserva o transforma la red de relaciones mediante la cual una forma continúa siendo.
Por eso, hacer es ser no significa que la existencia dependa de una voluntad de acción. Significa que el ser de una organización viviente consiste en la realización continua de las relaciones que la constituyen.
La Teoría del Habitar no rompe la unidad que observa Maturana entre vivir y conocer. La sitúa dentro de una arquitectura más extensa: el conocer pertenece al vivir, pero el vivir pertenece a una historia ontológica de constitución, respuesta y duración.
12. Recursividad: continuar sin permanecer igual
La duración de un organismo no depende solamente de responder una vez. Debe producir condiciones para volver a responder. Esto es lo que la Teoría del Habitar denomina recursividad.
Un proceso recursivo no es una simple repetición circular. Es un proceso cuyos resultados vuelven a participar en su propia realización.
Una célula produce componentes que hacen posible nuevos ciclos de producción.
El sistema inmune transforma encuentros anteriores en memoria operativa.
Un organismo modifica su entorno y luego vive dentro de las condiciones que ayudó a producir.
Un hábito genera una disposición corporal que facilita su repetición futura.
El lenguaje permite hablar de lo ya dicho, revisar una descripción y producir nuevas coordinaciones a partir de ella.
La recursividad es el puente más claro entre autopoiesis y habitar. Maturana y Varela muestran que la vida se conserva mediante una red que vuelve continuamente sobre su propia producción. La Teoría del Habitar interpreta ese retorno como una forma de duración: algo continúa porque puede reorganizarse sin perder completamente su coherencia.
La identidad no es la permanencia de lo idéntico. Es la coherencia de una transformación que consigue continuar.
13. Antes del conocer está el habitar
Llegados a este punto, la relación entre ambas perspectivas puede resumirse de la siguiente forma:
La Biología del Conocer muestra que: el conocimiento no representa pasivamente un mundo exterior; los seres vivos son sistemas autónomos y determinados por su estructura; el medio desencadena cambios, pero no los especifica; vivir implica operar efectivamente dentro de un dominio de interacciones; el sistema nervioso expande los dominios de conducta sin abandonar su clausura operacional; el lenguaje permite coordinaciones recursivas y la aparición del observador.
La Teoría del Habitar recoge estas intuiciones y propone que: la estructura del organismo es una historia material de relaciones; el cuerpo es una duración aprendida y heredada; el viviente no entra en un mundo previo, sino que co-emerge con un campo relacional; la abundancia interactiva siempre excede aquello que una organización puede sostener; la vida produce respuestas creativas frente a ese exceso; habitar es componer recursivamente relaciones que permiten continuar siendo; el conocimiento es una intensificación de esa composición, no su comienzo absoluto.
La diferencia central no puede reducirse a dos secuencias lineales, como si Maturana comenzara con el organismo y la Teoría del Habitar simplemente agregara una etapa anterior.
El organismo no aparece al final de una cadena de objetos previamente constituidos. Tampoco crea unilateralmente su mundo.
La estructura es más bien una co-emergencia: lo que hay provoca relaciones; algunas relaciones alcanzan estabilidad; la vida las organiza recursivamente; en esa organización co-emergen cuerpo, haber y mundo; y dentro de esa duración se desarrollan formas cada vez más complejas de distinguir, recordar, anticipar y conocer(4).
Antes del conocimiento explícito existe el habitar.
Pero antes de que el habitar sea una actividad identificable, ya está ocurriendo como constitución corporal, selección de relaciones y respuesta frente al exceso.
El organismo no es solamente quien conoce. Es aquello que una historia de habitar ha conseguido hacer durar.
Conclusión
La Biología del Conocer produjo un desplazamiento decisivo. El conocimiento dejó de ser entendido como una representación interior de un mundo exterior y comenzó a ser observado como una dimensión del vivir. Conocer no consiste en copiar objetos, sino en operar desde una organización corporal e histórica que hace posible determinadas coordinaciones con el medio.
La Teoría del Habitar se reconoce heredera de esa transformación. Su propósito no es restaurar un mundo de objetos absolutos ni separar nuevamente al organismo de su entorno. Busca radicalizar la dimensión constitutiva de la relación.
La pregunta ya no es sólo cómo conoce un ser vivo, sino cómo llega a constituirse una forma capaz de conocer.
La respuesta se encuentra en la duración.
Un organismo es una composición de relaciones que consiguió resistir la dispersión, producir límites, modular flujos, incorporar memoria y transmitir posibilidades de continuidad. Sus sentidos son relaciones históricas convertidas en cuerpo. Sus conductas son trayectorias posibles dentro de un campo que co-emerge con él. Su conocimiento es una forma de reorganizar un haber que nunca permanece cerrado.
Desde esta perspectiva, la vida no aparece frente al mundo como un espectador.
Es un pliegue de lo que hay.
Un pliegue que selecciona, inhibe, metaboliza, recuerda y transforma.
Un pliegue que no puede incorporar la totalidad de la abundancia y que, por ello, permanece expuesto a un exceso interactivo.
Un pliegue que responde creativamente y que, al sostener su respuesta, produce cuerpo, orientación y mundo.
Somos porque hay.
Pero no somos una reproducción pasiva de lo que hay.
Somos una de las maneras en que lo que hay logró plegarse, organizarse y devenir haber.
Y conocer es una de las formas más complejas mediante las cuales ese haber vuelve sobre las relaciones que lo constituyen, las distingue y abre con ellas nuevas posibilidades de duración.
Antes del conocer está el habitar, porque antes de toda operación cognitiva, existe una historia de relaciones que ha aprendido a seguir siendo.
Notas
1. Este ensayo privilegia a Humberto Maturana como interlocutor principal, sin desconocer que el origen y la fundamentación de la Biología del Conocer y de la autopoiesis corresponden al trabajo desarrollado junto con Francisco Varela. Esta elección responde a la continuidad histórica que dichas ideas adquirieron en el corpus de Maturana, mientras Varela profundizó posteriormente otros horizontes, entre ellos la enacción.
2. Por colapso me refiero siempre a cómo la entropía, situada en un ambiente determinado, esculpe las formas en la que se expresa aquello que dura.
3. “Conocer”, en la Biología del Conocer, no se restringe al pensamiento consciente, al lenguaje ni a la elaboración de representaciones mentales. Tiene un sentido biológico y operacional: un ser vivo conoce cuando opera de manera efectiva dentro de un dominio de interacciones compatible con la conservación de su vivir. Esta ampliación permite, sin embargo, tensionar el estatuto semántico del concepto. Si toda operación eficaz que participa en la conservación del organismo es comprendida como conocimiento, conocer corre el riesgo de volverse prácticamente coextensivo con vivir. Con ello, el concepto pierde capacidad para distinguir entre la interacción que constituye al organismo, las regulaciones que sostienen su organización y las formas propiamente cognitivas de discriminación, memoria y anticipación. Desde la Teoría del Habitar, la duración de un viviente no depende únicamente de una eficiencia cognitiva, sino de la composición multiescalar y superposicional de procesos metabólicos, celulares, corporales, ecológicos e históricos. La cognición sería una modalidad emergente dentro de esa composición, no el principio que la explica por completo.
4. En la Teoría del Habitar entendemos la vida como una singularidad dentro de un gradiente morfodinámico de duración, organización y capacidad de respuesta. Esto significa que la vida no surge como una entidad completamente separada, sino como una intensificación progresiva de la capacidad de ciertas relaciones para estabilizarse, volver recursivamente sobre sí mismas y modular los flujos que las atraviesan. Entre las configuraciones efímeras de lo que hay y las formas vivientes no existe necesariamente una frontera absoluta, sino diferencias de duración, organización y capacidad de respuesta. La vida constituye una singularidad dentro de ese gradiente porque convierte la estabilidad relativa en una producción activa y recursiva de sus propias condiciones de continuidad.
Referencias
Maturana, H. R. (1970/1980). Biology of Cognition. En H. R. Maturana y F. J. Varela, Autopoiesis and Cognition: The Realization of the Living (pp. 5–58). D. Reidel Publishing Company.
Maturana, H. R., y Varela, F. J. (1980). Autopoiesis and Cognition: The Realization of the Living. D. Reidel Publishing Company. La obra reúne el ensayo de Maturana sobre la biología del conocer y la formulación conjunta de la organización autopoiética.
Maturana, H. R., y Varela, F. J. (2006). De máquinas y seres vivos: autopoiesis, la organización de lo vivo. Editorial Universitaria.
Maturana, H. R., y Varela, F. J. (2009). El árbol del conocimiento: las bases biológicas del entendimiento humano (19.ª ed.). Editorial Universitaria.
Vásquez, M. (2025). Hacia una ontología del Habitar: fundamento para la formulación de su teoría. Obra del autor.


